El medio natural del cabo de Cullera

La montaña del cabo de Cullera no es un espacio con una extensión considerable. La montaña tiene reducidas dimensiones con unas pendientes medias que dificultaban la presencia de una importante masa forestal. La toponimia denomina a la montaña como Serra de les Raboses / Sierra de las Zorras. Por lo tanto, debemos pensar en una fauna asociada a una reducida vegetación mediterránea, propia de los niveles más próximos a la línea de costa.

Ya hemos comentado la presencia humana constante en este espacio. La presión sobre el medio natural fue fuerte desde los inicios para poder hacer frente a las necesidades alimenticias, energéticas y habitacionales. Dicha presión sobre un medio reducido y con una fragilidad medioambiental manifiesta, ocasiona que se haya transformado de forma continua el medio natural

Cavanilles[1] en su recorrido por la montaña de Cullera ya indica la ausencia de arbolado. Así, indica Cavanilles “No hay  árbol alguno en todo el monte, pero sí arbustos y yerbas”.

En la actualidad, la montaña ha perdido totalmente la vegetación así como su capa edáfica. La pérdida de vegetación, tanto por tala como por la actividad ganadera, motivo el proceso erosivo del suelo. Por todo ello, en la actualidad únicamente encontramos la roca como medio natural.

A finales del s.XVIII se inicia la explotación agrícola citrícola en los aledaños de la montaña. Con la construcción de grandes tapiales de cañas o piedras para proteger los árboles frutales de los vientos salinos procedentes del mar, se desarrollan fincas de naranjos al píe de la montaña de Cullera. El entorno del Faro de Cullera debido a su franja litoral tan reducida y la cercanía de los acantilados, no permite la existencia de fincas de naranjos. Circunstancia que sí es posible apreciar en el entorno de el Racó en Cullera, tal y como  se puede apreciar en imágenes aéreas. Los conos aluviales que recogen la precipitación de la montaña del Faro de Cullera permiten la existencia de barrancos de reducido tamaño. Dicho espacio posibilita el desarrollo de una agricultura de subsistencia, adecuada a las características climáticas de la zona.

Actualmente, el único espacio natural que conserva un interés es aquel que ha logrado sobrevivir a toda la presión humana. La zona de los acantilados ha sido el único espacio libre de la antropización. Por ello, han quedado pequeñas muestras de flora con vegetación endémica[2]. Pero incluso, un espacio tan reducido puede encontrarse en peligro ya que ya que la poca inclinación de los acantilados permite que el lugar esté sometido a una presión antrópica muy fuerte, que poco a poco va eliminando singulares comunidades de flora.[3]

Por lo tanto, nos encontramos con un medio que ha sido transformado de forma constante a lo largo del tiempo por la presencia humana. Su reducida dimensión y su fragilidad no han permitido una regeneración del medio.

 

[1] Cavanilles, A.J. Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, población y frutos del reyno de Valencia. Madrid, 1795-1797. Pag. 192

[2] Manuel Costa: vida i paisatge. Escrito por Manuel Costa y Martí Domínguez.

[3] Roselló, V.M. (1969) El litoral valencià. I. El medi físic i humá. L’Estel. Valencia

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